Este es un libro sobre la enfermedad y la muerte, pero sobre todo es un libro sobre la vida. En nuestra sociedad, solemos esconder lo referido al final. Solemos evitar ciertas conversaciones e investigaciones. Hay quienes tienen fe en alguna religión y creen en el más allá, en una vida después de esta. Hay quienes no creen en nada. Y hay diversas aproximaciones al alma, la espiritualidad, la energía más allá de esta corporalidad.
Filosofar es aprender a morir. “La filosofía puede convertirse en un auxilio real para sostener la vida y dar sentido a la muerte”. Y es precisamente un catedrático de filosofía en la Universidad de Salamanca, Enrique Bonete, el que ofrece este libro para “fortalecer nuestra actitud ante la fatalidad”. La que se nos muestra, real y vivida, es terrible: una ex alumna de su clase de Ética de la Muerte recibe con 33 años el fatal diagnóstico de un cáncer de colon en estado avanzado y de difícil cura. Ante ese mazazo, busca una racionalidad y moralidad para afrontar una situación para la que se ve sin recursos. Así, decide escribir un correo electrónico a Enrique y, a partir de ahí, comienza un intercambio de mensajes que son los que se comparten en este libro a petición de ambas. Durante más o menos 2 años, hasta que el silencio anuncia lo inevitable, la muerte.
Nuria (nombre irreal para salvaguardar su anonimato) está desolada, angustiada, desorientada, desamparada, agobiada, desconsolada, bloqueada, vacía, pesimista, triste. Sufre, duerme mal y se siente sola. No encuentra con quien desahogarse y encuentra cierta serenidad en los mensajes de Enrique. A través de los pensamientos de filósofos diversos, Nuria va forjando sus propios recursos intelectuales y morales que le permiten afrontar mejor su situación.
Así, como recuerdo de un libro que leí en mi adolescencia, “El Mundo de Sofía”, de manera sencilla, en una conversación por escrito, se nos acerca a Descartes, que incide en superar las adversidades mediante la razón, fortalecer el temple y serenar la vida; Séneca invita a despojarnos de posesiones, meditar en la muerte y estar siempre dispuesto a morir; Spinoza también sugiere focalizar en la razón y en la vida, sin una excesiva preocupación por dejar de ser; Montaigne anima a no tener miedo a la muerte y aprovechar el tiempo y el goce de lo cotidiano al máximo, liberándonos de deseos y sentimientos de apego; Schopenhauer plantea “entrar en la muerte como si nos fuéramos a dormir”, sin miedo alguno porque regresaremos a la nada de donde procedemos.
Nuria se aferra a ese intercambio filosofal y escribe: “cuanto más me falla la vitalidad corporal, más anhelos intelectuales experimento”. En esa relación, hay una parte en la que Enrique, como Unamuno, apela a Dios como garante de la inmortalidad. Y ahí Nuria no entra, porque ella no cree en Dios aunque “sería consolador vivir con esa fe tan sencilla” y “siento algo de envidia de los creyentes”.
En sus últimos días, Nuria ya no se asusta por la muerte como antes y “gracias a esta enfermedad soy capaz de valorar de un modo absolutamente nuevo mi corta vida”.
“La filosofía puede y debe convertirse en una fuente de sabiduría accesible, encarnada, apropiada para afrontar las preguntas esenciales de la vida”. Y este libro editado por Ariel, este testimonio epistolar, ayuda a aprender a morir y a vivir con plenitud, que es de lo que se trata.

