La pobreza es triste, sucia, violenta, injusta, terrible, despiada. La pobreza desde las vivencias de un niño te remueve, te atraviesa por dentro, te aniquila.
“Las cenizas de Ángela” es la autobiografía de Frank McCourt desde su nacimiento hasta su mayoría de edad, con las luces de los Estados Unidos de América anunciando tiempos mejores. Son los años 30 del S.XX, una época aciaga para esta familia de irlandeses, que se buscan la vida con poco éxito en el país de los sueños y deciden volver, con una mano delante y otra detrás, a buscar refugio cerca de su familia materna en Limerick
El padre, alcoholizado, sin trabajo y preso de una adicción que le atrapa en una idealización de las antiguas luchas irlandesas; la madre, Ángela, atrapada en una espiral de maternidad constante, un hijo detrás de otro, sin descanso, presa de las carencias de lo más elemental y tratando de trasmitir dignidad y cariño. Los niños, un suplicio, de hambre, suciedad, oscuridad y frío.
“Yo pienso que mi padre es como la Santísima Trinidad, que tiene tres personas diferentes: el de la mañana con el periódico, el de la noche con los cuentos y las oraciones y el que hace la cosa mala y llega a casa oliendo a whiskey y quiere que muramos por Irlanda”.
Así, en esa situación en la que se enquista la familia durante años, Frank va contando lo que ve. Con la inocencia de un niño, manipulada por las mentiras religiosas, las medias verdades y las hipocresías sociales. Aún con todo, se aficiona a la lectura, accede a los libros en la biblioteca y el hospital, y cuando todas las puertas se cierran, las del conocimiento abren alguna rendija por la que se cuela la luz en forma de ahorros, que le permiten pagar el pasaje para viajar a América.
Esta novela es uno de los grandes clásicos de la literatura universal, un éxito de ventas y lecturas por todo el planeta, y la tenía pendiente. Gracias al Club de Lectura de Nuez de Ebro, donde la comentaremos, he tenido la oportunidad de leer estas casi 600 páginas. Y me ha gustado. La pobreza a ratos no es aventurera, en esas vidas aciagas a veces no pasan grandes cosas, pero la descripción de la situación hace que te transportes a esos callejones y casas inmundas, a esa sociedad tan desigual y terrible. Ese toque de humor de Frank se agradece, aún en los peores momentos. Sus ganas de sobrevivir y andar un camino mejor, son nuestras ganas.
“- Es la segunda vez que la Iglesia te cierra la puerta en las narices. (…)
– Nunca más debes permitir que nadie te cierre la puerta en las narices. ¿Me oyes?”


